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Quinto capítulo del Concurso De novela
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A continuación presentamos el quinto capítulo seleccionado

Frederick se hallaba sumergido en una profunda y terrible tristeza. Todos sus pensamientos hacían que su cabeza doliera tanto que sentía que estaba a punto de estallar. No sabía que pensar, y en otro momento eso hubiera sido inaceptable.

Sus manos temblaban al igual que sus piernas. Sentía una desesperante impotencia. No sabiendo qué otra cosa hacer, apretó en un fuerte abrazo a su hermano perdido.
- ¡Hermano!- exclamó desesperado - ¡Perdóname!-, pero éste lo empujo con una furia atemorizante.
- ¡No eres mi hermano, ya no!-.

En ese momento Frederick rompió en llanto y cubrió su cara con sus dos manos, y así continuo por mucho tiempo.

Al agotar sus lágrimas, entre las aberturas de sus dedos, logró divisar mucha más gente vestidos con camisas rojas mirándolo fijamente, y en el preciso instante en que sus ojos se desempañaron, reconoció perfectamente a todas estas extrañas personas. Aquellas camisas rojas como la sangre, esos preciosos y deslumbrantes báculos dorados, sus pieles oscuras, y sus grandes ojos mirando a Frederick con una mirada tenebrosa y al mismo tiempo desafiante. Ya no cabía duda:
-Los defensores de los ocho dioses-, se dijo asombrado. En ese momento todos los acertijos, pruebas y locuras por las que Stipe había pasado, cobraron sentido.

Sin embargo, el caminante no podía entender como no lo había deducido antes, era tan obvio, la única persona que pudo haberle guardado tal rencor era su hermano. Pero, aun así, una gran duda seguía atormentando la mente de Stipe: ¿cómo su hermano había podido salvarse aquel día? Y fue, efectivamente, lo que le preguntó.
Su hermano, que se hallaba mirando a Frederick con una mirada penetrante, comenzó a reír de una manera muy excéntrica y alocada que confundió totalmente al reconocido antropólogo. Obviamente James ya había perdido la cabeza completamente, y entre sus locas risas le respondió: -¿no es obvio?, ellos me rescataron-. Dijo señalando a los defensores de túnica roja, -ahora ellos son mis hermanos, no tu-.

Frederick intento aclararle a James que no lo había hecho a propósito, que quiso salvarlo y no lo logro, pero antes de poder hacerlo se dio cuenta de que éste estaba completamente en blanco, mirando a la nada con los ojos muy abiertos, como recordando un enorme acontecimiento, y cada gesto que él hacia convencía aún más al devastado antropólogo de la falta de cordura que padecía su hermano.

Cuando el extraño que estaba frente a Frederick volvió en si, todo lo que hizo fue ordenar a los otros defensores que lo transportaran a un lugar que el caminante no logró entender del todo, pues lo había pronunciado en un idioma que, sorprendentemente, Frederick no conocía. Éstos obligaron a Stipe a masticar una planta adormecedora de la que él ya había escuchado hablar. Frederick se resistió todo lo que pudo, como de costumbre, pero finalmente los defensores lograron su cometido.

Al despertarse, se encontraba atado de manos y piernas y recostado en una gran pila de pasto podado, y aun un poco adormecido, notó que estaba en una enorme habitación. A su alrededor habían cuatro paredes pero no había techo. Frente a él, estaban los defensores de lo ocho dioses.

Su hermano James y otro defensor, el más robusto de todos, cuyo nombre era aun desconocido para Stipe, estaban al frente, mientras los otros estaban detrás, formando una perfecta fila. Frederick también vio que las gigantescas paredes que estaban a sus costados contenían unas decoraciones extremadamente detalladas, hasta se podría decir que casi enfermizas, eso le provoco una especie de déja vu, pero no pudo deducir nada concreto porque el efecto de la planta seguía afectándolo un poco.
La pared que estaba frente a él, la cual también era muy llamativa, lucia un hermoso y resplandeciente sol, aparentemente tallado en oro, pero la más extraña y curiosa de todas era la que estaba detrás de él: blanca, lisa, sin nada, tan simple. Eso le generaba una curiosidad tremenda, típica del antropólogo, pero antes de que pudiera decir nada, el defensor que estaba junto a su hermano comenzó a emitir unos extraños cantos ceremoniales. Todo parecía una especie de ritual hacia sus dioses, los cuales también resultaban desconocidos para Stipe.

De repente el corpulento hombre se detuvo y James se acerco caminando de una manera rápida y violenta hacia Frederick. Cuando llego hasta su hermano, en el momento en que iba a hablar, Frederick lo interrumpió. Con una voz serena y con un tono casi borracho, le pregunto:
-¿Quién eres? ¿Por qué no te reconozco, Jimmy? - a lo que éste le respondió:
-¡Ni soy Jimmy ni soy James!, ¡dirígete a mi como Alaham, el gran defensor de los ocho dioses! – dijo, haciendo una extraña reverencia.
Frederick sabía que esa no era la forma de ser de su hermano, pero de cualquier manera decidió no cuestionarlo porque sabía que eso no traería más que problemas, así que continuó diciéndole:
-¿Qué es lo que defienden?-.
Y Alaham-James explicó:
-El gran secreto de los ocho dioses, somos testigos y guardianes de él. Ellos, los ocho dioses, me dijeron que te traigamos aquí.-
Frederick sabía que su hermano era muy inteligente y estratégico, así que pensó que en su locura había inventado que sus dioses le ordenaron eso y se lo dijo a los demás para poder cobrar venganza, de manera que decidió hacer una última pregunta:
-¿Qué pretenden hacerme?-, pregunto asustado.
Pero él no contesto, solo quedo mirándolo, y se retiró lentamente.



James volvió a juntarse con los defensores, salio del lugar, cerró la puerta y se dirigió a otra sala. Ésta era más pequeña y cerrada. Las paredes, el piso y el techo también estaban hechas de oro tallado. El se sentó en el piso apoyando su espalda contra una de las paredes, mientras los demás formaron una nueva alineación. Uno de ellos prendió velas en cada una de las esquinas de la sala y comenzaron a rezar.

Por mucho tiempo nadie hablo, todo estaba muy quieto, en una paz casi desesperante que James, en otro momento, no hubiera soportado. Estuvieron así por muchas horas. Antes de levantarse, hablaron algunas palabras entre ellos y Jimmy se dirigió nuevamente donde Frederick. Al parecer, la palabra de los dioses lo enviaba de nuevo allí.

Frederick, que se hallaba confuso y asustado, vio a su hermano acercarse con el mismo gesto violento que notó la última vez. Éste chocó su frente fuertemente contra la de su hermano, y con una voz baja, pero al mismo tiempo furiosa, dijo:
- Si fuera por mí, ya estarías muerto. Pero los dioses te asignaron una misión. No te la confesaré ahora, si es lo que estas pensando. Lo sabrás cuando llegue el momento-.
E inmediatamente desenfundo un cuchillo y corto las cuerdas que ataban a Frederick para luego llevarlo fuera de ese lugar.

Al salir de allí se encontró con los demás defensores que, extrañamente, ya no se veían enojados, sino todo lo contrario. Lo recibieron con una sonrisa, aunque desde la vista de Frederick era un poco forzada, de manera que desconfió.

Poco tiempo después, llevaron a Frederick, pero esta vez pacíficamente, a una pequeña cabaña donde intentaron alimentarlo. Frederick nuevamente se rehusó, a pesar de que no había comido por mucho tiempo y estaba inimaginablemente hambriento. Siguió concentrado y no trago ni un gramo de la comida que le ofrecieron, pues no sabía que podía contener, y eso podría ser fatal.

Frederick, al ver el repentino cambio de estado de ánimo de los hombres, no pudo sacar ninguna conclusión, de modo que su única opción fue continuar desconfiando de todo lo que los defensores hacían y decían y, frente a la primera posibilidad, escapar rápidamente de allí.


Keimil




Publicacion:05-11-09
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